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CAPÍTULO 1

El vacío que no se ve

Rongsheng Hu

Durante mucho tiempo pensé que algo en mí no funcionaba.

No era tristeza.

No era una depresión clara.

No era una crisis concreta.

Era una inquietud de fondo.

Una tensión constante,

como si mi cuerpo y mi mente nunca terminaran de descansar.

Desde fuera, mi vida parecía normal.

Incluso estable en algunos momentos.

Pero por dentro había alerta.

El miedo a no pertenecer

Con el tiempo comprendí que esa inquietud tenía una

raíz profunda: el miedo a no pertenecer.

Me relacionaba desde ahí.

Desde la sensación de ser distinto.

De estar un poco fuera.

De no encajar del todo en ningún sitio.

Intentaba adaptarme.

Agradar.

Encontrar un lugar.

Pero ese lugar nunca aparecía.

La búsqueda espiritual

En ese intento de comprender, me acerqué al taoísmo y al zen.

Del Taoísmo me atraía la existencia de una orden natural

más allá de los conceptos mentales:

El Dao que se puede nombrar no es el Dao Eterno

y del Zen me fascinaba el concepto de

Despertar a lo que ya está presente

y Nada que buscar, nada que añadir.

No como una moda.

No como una identidad.

Buscaba calma.

Silencio.

Una forma distinta de estar en la vida.

Había verdad en esas enseñanzas

pero yo las vivía desde la herida.

Buscaba en ellas seguridad y pertenencia,

algo que ninguna tradición puede ofrecer desde fuera.

La mente que no se detenía

Intentaba meditar.

Me sentaba.

Cerraba los ojos.

Seguía instrucciones.

Pero la mente no paraba.

Pensamientos constantes.

Imágenes.

Preocupaciones.

Cuánto más intentaba callarla,

más ruido hacía.

Llegué a pensar que no servía para eso.

Que había algo defectuoso en mí.

Hoy sé que no era así.

Mi mente no estaba rota.

Me estaba protegiendo.

Había aprendido a vigilar.

Un cuerpo que necesitaba moverse

La hiperactividad no era sólo mental.

También era física.

Necesitaba movimiento constante.

Deporte.

Acción.

Cuando el cuerpo se mueve, el miedo disminuye.

Cuando me detenía, todo regresaba.

El movimiento se convirtió en regulación.

Los héroes y la fuerza

De niño imitaba a los héroes de las películas, Bruce Lee,

Jackie Chan, y Rocky Balboa.

No era fantasía sin más.

Era una búsqueda de fuerza.

De protección.

De valentía.

No pude acceder a escuelas de artes marciales

pero el impulso estaba vivo.

Quería sentirme capaz en un mundo que me parecía inseguro.

La montaña como silencio

A los diecinueve años encontré una pasión que me ha acompañado

hasta ahora: la bicicleta de montaña.

En la feria en Valdemoro en 1991, a mi amigo Duc le tocó una bicicleta

de montaña. Organizó una salida con un amigo suyo bombero una

ruta en la casa de campo. Xubin se compró una BH y yo una ZEUS.

Fue como un amor a primera vista. Me volvió de golpe la memoria

de cómo me sentí cuando por primera vez aprendí solo a montar en bici.

Era una bici que encontré en los cubos de basura. Era la bici de un niño

del vecindario donde vivía. Aunque se burló de mí cuando me vio

con ella no me importó. Mi ilusión era mucho mayor que mi vergüenza.

Me acuerdo perfectamente del momento en que creí dominar

la bicicleta. En el parque de Dordrecht, en una cuesta ligera hacia abajo,

me subí a la bicicleta, me dejé caer ligeramente y empecé a pedalear

lentamente. Sentí que me deslizaba con equilibrio, sentí el fluir,

sentí la brisa en mi cara. La velocidad empezó a aumentar, cada vez más

rápido, cada vez más rápido.

Llegaba a una curva a la derecha, delante tenía una valla metálica

con un precioso rosal detrás. Me di cuenta que iba demasiado rápido.

Intenté frenar torpemente porque nunca lo había hecho.

¡Por colmo no funcionaba el freno! Me empotré directamente contra la valla.

Salí volando por encima de la bicicleta y de la valla y acabé en el rosal con

sus maravillosas espinas...

En la montaña, la mente se callaba sin esfuerzo.

La atención se volvió total.

El cuerpo y el presente se unían.

Ese fue mi primer silencio verdadero.

No el silencio forzado,

sino el silencio de estar completamente vivo.

El riesgo

Junto a la pasión apareció también el exceso.

A veces la práctica era temeraria.

No por inconsciencia superficial

sino porque el riesgo daba una sensación de control.

Cuando se ha vivido mucho tiempo con miedo,

la velocidad puede parecer segura.

El accidente

Antes incluso de las lesiones posteriores,

Hubo un accidente de moto.

Entré demasiado fuerte en la curva a derechas de la entrada a Getafe

desde la carretera de Toledo viniendo de Madrid. Pasaba por esa curva

todos los días pero en ese preciso día hubo una accidente antes

que dejó una mancha de aceite en la calzada.No la vi a tiempo, cuando

me di cuenta de ella, ya era demasiado tarde, la pisé con la rueda delantera.

La moto cayó de lado, tumbada a 90 km/h. Nos empotramos contra

la mediana de cemento. Por suerte en la caída yo estaba protegido

por la moto conmigo inclinado hacia la derecha apoyado sobre mi lomo

izquierdo. Rompí las dos barras de la horquilla y las dos llantas que

absorbieron gran parte de golpe. Se salió mi fémur izquierdo de su sitio,

luxación grave y fisura de la cadera. Las vértebras lumbares quedaron

también tocadas pero no se apreció en las radiografías.

El impacto me dejó cuatro meses hospitalizado.

Cuatro meses detenido.

Sin movimiento.

Sin huida.

Sólo el cuerpo herido

y el tiempo delante.

No lo recuerdo como dramático,

sino como extraño.

Como si la vida me hubiera obligado a mirar de frente

algo que llevaba mucho tiempo evitando.

El cuerpo pone límites

Más adelante llegarían las hernias discales.

No como castigo.

Sino como límite.

Mi cuerpo empezó a decir

lo que yo aún no sabía escuchar.

Que no todo se sostiene con fuerza.

Que no todo se resuelve empujando.

El comienzo silencioso

Sin saberlo, ahí comenzó algo.

No una transformación.

No un despertar.

Una grieta.

Y por esa grieta

empezó a entrar consciencia.

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